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Chaski´s Blues


Los cronistas de la conquista del Imperio Incaico testimoniaron su admiración por la extendida y eficiente red de sus caminos —el «Qhapaq-Ñan»— y la sabia distribución de las postas que jalonaban su recorrido —los «tampus»—, eran albergues ubicados a distancias regulares y equidistantes, con una dotación permanente de cuatro a seis «chaskis», uno de los cuáles debía aprestarse de inmediato para tomar el recado del «chaski» precedente, que anunciaba su cercanía haciendo sonar su «pututu» desde el camino: A su turno, el «chaski» de relevo iniciaba la carrera hasta el «tampu» siguiente, dónde se repetía el proceso hasta el destino final. 

Con esa estratégica ingeniería operativa, refiere Guaman Poma que el caracol marino —capturado ese mismo día en las costas del Pacífico, a cientos de kilómetros de distancia y en otra geografía radicalmente diferente— llegaba vivo al Cusco en el corazón de los Andes, para la mesa del Inca. Ese era el «correo» de una cultura sofisticada a la que paradójicamente no se le conoce escritura; y su «logística» racional es la demostración palmaria del grado de eficiencia de un servicio bien planificado, mejor proyectado e impecablemente implementado.


Eficiencia y confiabilidad es lo que se espera y presupone de cualquier servicio postal en cualquier punto del planeta. Son —o deberían ser— el alma del sistema, su mantra y su más profunda y última razón de ser. Es que ¿puede un servicio postal no responder a estos presupuestos básicos, fundamentados en la racionalidad? En América Latina, y más precisamente en Argentina —hablo por mi experiencia y desconozco el desempeño de los sistemas postales en otros países de la región— lamentablemente la respuesta es: sí.


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